La Vanguardia
El diputado de Vox en la Asamblea Regional de Murcia, Antonio Martínez Nieto, volvió a encender la polémica al atribuir al comunismo haber sacado las conductas trans del “catálogo de los trastornos” para meterlas en el “catálogo de los derechos humanos”. Lo dijo durante un debate sobre protocolos de atención al alumnado trans y medidas contra el acoso transfóbico en centros educativos.
La frase no es solo una provocación. Es una ventana a una nostalgia peligrosa: la de volver a tratar la diversidad como enfermedad, silencio o vergüenza.
El debate tenía un objetivo concreto: proteger a estudiantes trans frente al acoso. La moción fue rechazada en la Asamblea de Murcia con los votos de PP y Vox, mientras PSOE y Podemos defendían medidas específicas de prevención.
En pleno mes del Orgullo, conviene recordar por qué existe esa palabra. No nació para decorar escaparates ni para llenar campañas con colores. Nació porque durante demasiado tiempo hubo personas empujadas al armario, al diagnóstico, al insulto, al miedo y a la soledad.
Cuando un cargo público lamenta que una identidad haya pasado del campo del trastorno al de los derechos humanos, no está discutiendo teoría. Está diciendo qué vidas considera plenamente dignas y cuáles preferiría volver a encerrar.
La ultraderecha suele llamar “ideología” a los derechos de otros. Pero pocas cosas son más ideológicas que decidir quién puede existir en paz y quién debe pedir permiso.
El Orgullo no pide adoración. Pide algo mucho más básico: que nadie sea tratado como problema por ser quien es.
Por eso estas declaraciones no son un ruido menor. Son la prueba de que la convivencia democrática necesita memoria, escuela y protección. Especialmente para quienes todavía escuchan desde demasiado jóvenes que su vida molesta.
El avance no fue convertir derechos en religión civil. El avance fue dejar de llamar enfermedad a una parte de la humanidad.