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WWF ha publicado una actualización de su informe sobre el estado de los océanos con un dato que debería alarmar a cualquier gobierno costero: el 34% de las pesquerías mundiales están actualmente sobreexplotadas, y el porcentaje sube si se incluyen las que operan en el límite de su capacidad biológica de regeneración. Los océanos no pueden seguir absorbiendo la presión pesquera actual sin consecuencias irreversibles.
El impacto no es solo sobre los peces. Los arrecifes de coral, que albergan el 25% de toda la biodiversidad marina a pesar de ocupar menos del 1% del fondo oceánico, están muriendo a un ritmo acelerado por la combinación del calentamiento de las aguas y la acidificación causada por el CO₂. El blanqueamiento masivo de corales ha pasado de ser un fenómeno excepcional a ocurrir con una frecuencia de apenas cinco años entre episodios.
Las capturas de pesca incidental —animales que no son el objetivo de la pesca pero que mueren atrapados en las redes— incluyen cada año millones de tortugas marinas, delfines, tiburones y aves marinas. Son muertes invisibles para el consumidor final, pero devastadoras para los ecosistemas.
WWF exige a los gobiernos que cumplan el acuerdo de la COP15 de biodiversidad, que comprometía proteger el 30% de los océanos para 2030. Hoy, menos del 8% del océano mundial tiene algún tipo de protección efectiva.
El mar no es un supermercado infinito. Es un ecosistema frágil del que depende la vida de millones de personas y de especies. Tratarlo como un recurso ilimitado es una apuesta que ya estamos perdiendo.