Fuente El País
En términos nominales, el presupuesto militar de Estados Unidos, que supera el billón de dólares, triplica ampliamente el de China. Sin embargo, en escenarios estratégicos como el Mar de China Meridional, la distancia tecnológica entre ambas potencias se ha reducido hasta niveles de paridad, lo que ha reabierto el debate sobre la eficiencia real del gasto militar.
La clave de esta aparente paradoja está en el modelo de financiación y gestión. En Estados Unidos, el sistema de defensa está profundamente ligado al complejo militar-industrial, donde grandes contratistas como Lockheed Martin o Northrop Grumman operan bajo lógicas de mercado, con márgenes de beneficio elevados, sobrecostes estructurales y una fuerte influencia del lobby de defensa en la toma de decisiones políticas.
Este esquema, según analistas, puede incrementar el coste de cada programa sin traducirse proporcionalmente en mayor capacidad operativa. En cambio, China articula su inversión militar a través de empresas estatales y una estrategia de fusión militar-civil, que integra investigación, industria y defensa en un mismo ecosistema.
Este modelo permite reducir intermediarios, acelerar procesos y reinvertir directamente en I+D militar y capacidad operativa, sin la presión de dividendos ni retornos a accionistas privados.
Uno de los ejemplos más ilustrativos es la industria naval. Mientras la Marina estadounidense enfrenta retrasos prolongados y sobrecostes en sus programas de construcción, China ha desarrollado una de las mayores capacidades de producción naval del mundo, combinando astilleros civiles y militares en un mismo sistema productivo.
Además, el análisis bajo el criterio de paridad de poder adquisitivo (PPA) sugiere que cada dólar invertido en China tiene un impacto operativo mayor, ya que los costes de mano de obra, materiales y producción son significativamente más bajos que en Estados Unidos.
En este contexto, el debate estratégico no se centra únicamente en cuánto se gasta, sino en cómo se gasta. Mientras Washington absorbe costes derivados del mercado y la contratación privada, Pekín prioriza una inversión pública centralizada orientada a la eficiencia.
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