Fuente: Reuters
Donald Trump ha perfeccionado una paradoja política: hablar en nombre de la clase trabajadora mientras sus políticas económicas favorecen a quienes ya concentran riqueza.
El mecanismo es conocido. Primero se toma un malestar real: salarios bajos, empleos inseguros, barrios abandonados, familias que no llegan a fin de mes. Después se ofrece un culpable fácil: el migrante, el pobre, la minoría, quien recibe ayudas. Así, la rabia social baja por la escalera equivocada.
La última imagen de esa estrategia es brutal. La Casa Blanca lanzó una web oficial llamada “Aliens”, con estética de ciencia ficción, para mostrar arrestos migratorios y presentar a personas migrantes como amenaza. En la propia página se juega con la idea de que “no eran hombrecillos verdes” y se identifica a esos “aliens” con personas migrantes sin papeles. RTVE lo resumió como una web que equipara a inmigrantes con extraterrestres e incluye un mapa de arrestos del ICE.
La palabra “alien” existe en el lenguaje jurídico estadounidense para referirse a personas extranjeras. Pero aquí el problema no es solo una palabra legal. Es el envoltorio: convertir la migración en una invasión de ciencia ficción, transformar a personas que trabajan, cuidan, limpian, cocinan o reparten en seres ajenos al “nosotros”.
Eso no es casualidad. La deshumanización sirve para que la empatía se apague. Si el migrante deja de ser vecino, padre, madre, hijo o trabajador, resulta más fácil justificar redadas, expulsiones y miedo en los barrios.
Mientras tanto, las políticas económicas cuentan otra historia. La rebaja fiscal de 2017 impulsada por Trump fue señalada por el Center on Budget and Policy Priorities como una ley inclinada hacia los más ricos, cara para las cuentas públicas y lejos de cumplir la promesa de grandes beneficios para los trabajadores. Según ese análisis, en 2025 el 1% superior recibiría una ganancia media muy superior a la mayoría de hogares.
Ahí está la clave del falso populismo: discurso obrero para la pantalla, privilegios fiscales para la cima.
El millonario no necesita mejorar la vida del trabajador si consigue convencerlo de que su enemigo es alguien con menos poder. Un migrante. Una familia pobre. Una persona racializada. Un barrio vulnerable.
La fábrica del enemigo funciona así: arriba se acumula riqueza; abajo se reparte miedo.