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Zinedine Zidane fue presentado oficialmente como nuevo seleccionador de Francia y no esperó a su primer partidopara marcar una línea. En plena rueda de prensa, cuando le preguntaron por los insultos racistas sufridos por jugadores franceses durante el Mundial, respondió sin esconderse: el racismo hay que combatirlo.
La frase importa porque no sale de cualquiera. Zidane es hijo de inmigrantes argelinos, creció en La Castellane, un barrio popular de Marsella, y se convirtió en uno de los grandes símbolos de una Francia mestiza, obrera y diversa. Su historia siempre incomodó a quienes quieren una selección francesa «pura» cuando pierde, pero celebran goles de hijosde migrantes cuando gana.
Zidane recordó que Francia es un país hermoso precisamente por su mezcla y dijo que creció en un barrio donde había sitio para todos. Ese mensaje, dicho desde el cargo más importante del fútbol francés, no es decoración institucional: es una respuesta política contra quienes usan el deporte para señalar origen, piel o apellido.
La selección francesa lleva años funcionando como espejo de una sociedad en tensión. Cuando gana, se habla de orgullo nacional. Cuando protesta, falla o incomoda, aparecen los discursos racistas que la tratan como extranjeradentro de su propio país.
Por eso Zidane hizo bien en empezar por ahí. Entrenar a Francia no será solo ordenar un equipo lleno de talento. También será defender que esos jugadores no tengan que demostrar su francesidad cada vez que pisan un campo.
El fútbol no acaba con el racismo. Pero sí puede decidir si lo tapa o lo enfrenta. Zidane eligió enfrentar.