Siete de cada diez españoles creen que los menores de hoy vivirán peor que sus padres cuando sean adultos, y solo el 16 % piensa que vivirán mejor. Lo recoge el estudio «Actitudes y opiniones sobre la infancia y la adolescencia» del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), con 6.028 entrevistas a mayores de 18 años.
El pesimismo no es resignación. El 73 % considera que la pobreza infantil puede mitigarse con compromisos políticos de todos los niveles del Estado, como prestaciones económicas, becas de comedor o evitar desahucios. Y casi el 40 % cree que las administraciones se preocupan poco o nada por la infancia y la adolescencia.
Cuando se pregunta por los problemas, aparecen las pantallas, con un 19 % que sitúa la adicción a móviles y videojuegos como principal problema de la infancia, y la falta de educación y valores o el uso excesivo de redes entre los adolescentes (17 %). Pero también hay preocupaciones que dependen de lo público: el 64 % critica que los colegios no atiendan bien el acoso escolar, y el 48,5 % cree que los puestos escolares se adaptan nada o muy poco a los menores con necesidades educativas especiales. Un 29 % señala la violencia en el hogar como la circunstancia que más influye en la vulnerabilidad de un menor.
Conviene leer el dato con cuidado. Los últimos datos comparables del estudio son de 2005, y no se detalla el margen de error ni el desglose por edad o clase social. Tampoco explica qué entiende cada persona por «vivir peor».
Aun así, la foto es clara: una mayoría ve el futuro de los niños con desconfianza, y no por la tecnología, sino por cosas que se pueden cambiar con decisiones: vivienda, becas, aulas con apoyos y protección frente a la violencia.
Un país que, según el CIS, duda de que sus hijos vivirán mejor que él no tiene un problema de ánimo, sino de contrato social. Y ese contrato se reescribe con presupuestos, no con nostalgia.





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