La Policía Nacional cargó con porras el miércoles 14 de octubre contra estudiantes y trabajadoras en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, durante una acción pacífica de apoyo a la huelga indefinida de la educación pública, en su primera jornada. Según fuentes policiales, hubo cinco detenidos y ocho heridos. Los detenidos ya están en libertad, según las organizaciones que los asisten.
Hubo dos intervenciones; en la segunda se produjeron las detenciones. Después, los agentes retuvieron un buen rato a las manifestantes y les impidieron salir. Requisaron además una pancarta satírica sobre Isabel Díaz Ayuso, inspirada en «Saturno devorando a su hijo», de Goya.
Una de las afectadas es Bie, estudiante de 20 años que sostenía una pancarta en primera fila. Según su relato sufrió un dedo fracturado, y los informes médicos recogen policontusiones y contusión de muñeca y mano. Le prescribieron baja. Otra, Vic, sanitaria, cuenta que la detuvieron en una acción en Carabanchel por grabar con el móvil a dos agentes, y que estuvo en el calabozo de 11:00 a 19:20.
Las versiones chocan. La Delegación del Gobierno justifica la actuación porque algunos manifestantes intentaron rebasar el cordón y agredir a los agentes, y anunció una investigación. El Gobierno de Ayuso respalda a la Policía y llama «política y electoralista» a la huelga. El Rectorado de la Complutense condena las cargas y asegura que no pidió ni promovió la presencia policial en el campus. Bie niega las agresiones y sostiene que el Rectorado miente.
Amnistía Internacional cuestiona el uso de porras contra una protesta pacífica, recuerda que no comunicar una concentración no basta para justificar su disolución y exige una investigación independiente. PSOE y Más Madrid, UGT y CCOO también piden explicaciones.
Hay una pregunta que se repite en cada protesta reprimida: cuántos palos hacen falta para que el derecho a manifestarse deje de ser un derecho. Defender la escuela pública, desde un aula de la Complutense o desde la calle, no debería acabar en Urgencias. Y una democracia se mide también por cómo trata a quienes salen a pedirle más.





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