En La Mina, uno de los barrios más castigados por el estigma social en el área de Barcelona, el fútbol está haciendo algo más importante que ganar partidos: está abriendo espacio para que niñas y mujeres gitanas ocupen una cancha que durante demasiado tiempo se les negó. Ese proyecto tiene nombre propio: CF Tramontana. Y detrás aparece una figura clave: Toni Porto, fundador del club y uno de los motores de una iniciativa que varios medios han presentado como el primer equipo federado de mujeres gitanas en España.
La historia no va solo de deporte. Va de romper una doble barrera: el antigitanismo que margina a las familias del barrio y el sexismo que todavía empuja a muchas niñas a pensar que el balón no es para ellas. Porto vio durante años que las chicas jugaban entre ellas, pero sin espacio real, sin estructura y sin reconocimiento. Hasta que decidió convencerlas de formar equipo. Lo que empezó con siete u ocho jugadoras fue creciendo hasta convertirse en una referencia.
El valor del Tramontana está en esa grieta que abre. No romantiza la pobreza ni el barrio. No niega las dificultades. Hay problemas de financiación, fichas federativas caras y familias que no siempre pueden asumir el coste de competir. Pero precisamente por eso el club importa tanto: porque demuestra que el derecho al deporte también es una cuestión de clase, de género y de dignidad.
Las jugadoras del Tramontana no solo entrenan. También discuten con prejuicios viejos, con comentarios que las quieren quietas, con una sociedad que todavía mira a las niñas gitanas como si siempre tuvieran que elegir entre tradición, silencio o invisibilidad.
El fútbol, en La Mina, se volvió otra cosa: un lugar donde una niña gitana puede correr detrás de una pelota sin pedir permiso para existir.