El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, recibió una ovación en la Asamblea General de la ONU el pasado martes al defender la autonomía de su país frente a las presiones de las grandes potencias. «Brasil no cabe en el patio trasero de nadie», afirmó ante el pleno, en una frase que resume el tono de todo su discurso.
Lula cuestionó directamente lo que definió como las «tentaciones hegemónicas» de Estados Unidos sobre América Latina, y reivindicó el derecho de los países del sur global a decidir su propio rumbo sin quedar sujetos a presiones externas. No fue una declaración aislada: se enmarcó en una defensa más amplia del multilateralismo y de una cooperación internacional basada en el respeto mutuo, frente a la lógica de bloques y esferas de influencia que ha vuelto a ganar terreno en la política internacional.
El mandatario brasileño pidió también una reforma del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, un organismo que sigue reflejando el reparto de poder de después de la Segunda Guerra Mundial y donde Brasil aspira desde hace años a un asiento permanente. Junto a ello, reclamó una solución negociada para la guerra de Ucrania y la recuperación de los mecanismos diplomáticos que, según denunció, se han ido debilitando en los últimos años.
El mensaje de fondo no es nuevo en la trayectoria de Lula, pero adquiere un peso distinto en el contexto actual: mientras varias potencias reafirman su influencia sobre regiones enteras por la vía de la presión económica y política, reivindicar la soberanía de un país como Brasil, la mayor economía de América Latina, equivale a plantar una bandera para el resto del sur global.
Que la frase generara una ovación en el propio recinto de la ONU dice algo sobre el ánimo de buena parte de la comunidad internacional: el hartazgo ante un mundo donde unos pocos países siguen decidiendo por el resto. Brasil, con esta intervención, se coloca del lado de quienes exigen que ese reparto cambie.





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