Una batería puede dejar de ser adecuada para mover un coche y seguir teniendo capacidad suficiente para hacer un trabajo mucho menos exigente: almacenar electricidad sin moverse de sitio.
El aeropuerto de Roma-Fiumicino ya lo está haciendo a gran escala.
El proyecto PIONEER combina más de 750 baterías procedentes de vehículos eléctricos con generación fotovoltaica. El sistema de almacenamiento dispone de 2,5 MW de potencia y 10 MWh de capacidad y fue inaugurado oficialmente en junio de 2025.
Las baterías proceden de tres fabricantes de automóviles diferentes. Antes de utilizarlas, un sistema móvil comprueba cada módulo y evalúa capacidad, resistencia y vida útil restante.
Su función es sencilla: almacenar parte de la electricidad solar producida durante el día y entregarla más tarde, cuando la demanda del aeropuerto aumenta y el sol ya ha bajado. El sistema está conectado a una planta fotovoltaica que CINEA cifra en 22 MW.
Segunda vida no significa vida infinita. Las baterías seguirán degradándose y finalmente tendrán que reciclarse para recuperar parte de sus materiales.
Tampoco cualquier batería usada puede reutilizarse. Hace falta conocer su estado, garantizar seguridad y disponer de sistemas capaces de gestionar módulos con historias y características diferentes.
Por eso Fiumicino resulta un ejemplo especialmente interesante.
La economía circular no consiste únicamente en reciclar un objeto cuando termina su primera función. En determinados casos puede significar retrasar ese reciclaje utilizando todavía durante años una capacidad que sigue siendo útil.
CINEA afirma que las primeras pruebas del sistema han conseguido eficiencias de ida y vuelta superiores al 85%.
Un coche quizá ya no confíe en esa batería para recorrer cientos de kilómetros.
Una red eléctrica puede seguir encontrándole trabajo.





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