Un vuelo de Flydubai que cubría la ruta entre Dubái y Tel Aviv tuvo que desviarse de emergencia este 30 de septiembre y aterrizar en el aeropuerto de Tabuk, en el noroeste de Arabia Saudita. A bordo viajaban unas 150 personas, la mayoría israelíes, según medios locales.
El vuelo FZ1073 despegó con normalidad, pero unas dos horas después activó un código de emergencia que llegó a interpretarse como una posible señal de secuestro. Los datos de Flightradar24, analizados por la BBC Verify, muestran que el avión perdió unos 5.200 metros de altitud en menos de dos minutos antes de estabilizarse rumbo a Tabuk.
Lo ocurrido dentro de la cabina, sin embargo, sigue sin aclararse. Un pasajero aseguró en un vídeo, verificado por la BBC sin indicios de manipulación por IA, que «hubo un agresor con un cuchillo que apuñaló a uno de los pilotos» y que varias personas —entre tres y cinco hombres, según otro testimonio— lo redujeron entre gritos de pánico. Horas después, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu ofreció una versión distinta: «uno de los pilotos apuñaló al otro e intentó estrellar el avión con todos los pasajeros a bordo».
Dos relatos, un mismo vuelo, y ninguna confirmación oficial. Flydubai únicamente reconoció que la aeronave «sufrió un incidente durante el trayecto», sin precisar si se trató de un ataque terrorista, una disputa interna en la cabina o algo distinto a ambas versiones. Las autoridades saudíes y la propia aerolínea continúan investigando.
La velocidad con la que un hecho así —violento, confuso y todavía sin esclarecer— se convierte en munición política antes incluso de conocerse los hechos dice tanto del suceso como del momento que atraviesa la región. Mientras tanto, los 150 pasajeros que vivieron el descenso más angustiante de sus vidas siguen esperando, como el resto del mundo, una explicación que nadie ha podido darles todavía.





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