Mientras gobiernos de todo el mundo debaten cómo regular la inteligencia artificial, Perú ha dado un paso concreto: el Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo (MTPE) conformó una comisión sectorial para evaluar, durante los próximos seis meses, el impacto real de la IA, la automatización y la robotización sobre el empleo y los derechos laborales del sector privado.
La comisión, integrada por representantes del Estado, trabajadores y empleadores, no se limitará a medir cuántos puestos de trabajo están en riesgo. Entre sus tareas figura evaluar los efectos de estas tecnologías sobre la igualdad de oportunidades, la no discriminación y la dignidad laboral, así como su impacto en la libertad sindical y la organización del trabajo. Al final del plazo, entregará un informe técnico que servirá de base para futuras reformas normativas.
El ministro Juan Sheput resumió el dilema de fondo: «los mayores niveles de productividad están cada vez más vinculados al uso de tecnologías de la información y procesos automatizados», pero advirtió que esa adopción tecnológica no garantiza, por sí sola, más empleo — de ahí la urgencia de preparar a los trabajadores antes de que el cambio los desborde.
El diagnóstico llega respaldado por datos internacionales que no dejan lugar a dudas sobre quién carga con el riesgo. Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en los países de renta alta el 9,6% de los empleos ocupados por mujeres está expuesto a la automatización por IA generativa, frente a solo el 3,5% de los empleos masculinos. A escala global, una cuarta parte de todos los puestos de trabajo está potencialmente expuesta a esta tecnología, una cifra que sube al 34% en los países más ricos.
La brecha tiene una explicación sencilla y estructural: las mujeres siguen concentradas en los sectores administrativos y de atención al cliente, precisamente los más fáciles de automatizar. Que un ministerio se siente a estudiar el problema antes de que se convierta en despidos masivos es una buena noticia. Que haga falta advertir, todavía en 2026, que la tecnología no es neutra para todos por igual, es la parte que debería preocuparnos más.





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