Jueves, 24 de septiembre de 2026
Internacional · Sostenibilidad

Los incendios en las turberas de Indonesia liberan «bombas de carbono» que asfixian el sudeste asiático

Fahrin Ramadhianto lleva un mes luchando contra los incendios forestales en Borneo y asegura que su salud ya está sufriendo las consecuencias. Ahmad Dhani/BBC

Indonesia lleva desde julio luchando contra un incendio que no cede. En la isla de Borneo, la región de Kalimantan acumula ya cerca de 200.000 hectáreas calcinadas, la mayoría de ellas turberas: suelos pantanosos que durante milenios han actuado como enormes almacenes de carbono bajo tierra.

Ese es precisamente el problema. Cuando el fuego alcanza una turbera, no se limita a arrasar la superficie: libera de golpe el carbono, el metano y el monóxido de carbono acumulados durante siglos, lo que los científicos han bautizado como «bombas de carbono». La investigadora Nisa Novita explica que estos terrenos, saturados de agua en condiciones normales, guardan el carbono casi intacto durante milenios — hasta que arden.

La nube tóxica resultante ha cruzado ya las fronteras de Indonesia y afecta a Brunéi, Malasia, Singapur y Filipinas, con niveles de contaminación que llegan a multiplicar por 75 los límites recomendados por la Organización Mundial de la Salud. Solo entre julio y agosto se han registrado más de 50.000 casos de infecciones respiratorias, 12.000 de ellos en menores de cinco años. Dos voluntarios que combatían las llamas han muerto por el deterioro de su salud.

Porque quienes están apagando el fuego no son grandes cuerpos de bomberos, sino vecinos organizados. Dwi Sujatmoko lleva más de un mes luchando contra las llamas de forma voluntaria, como muchos otros miembros de las comunidades indígenas dayak, señaladas durante décadas como responsables de los incendios por sus quemas agrícolas tradicionales. La realidad es la contraria: el drenaje masivo de las plantaciones industriales de aceite de palma ha secado durante décadas estos terrenos, dejándolos listos para arder. Solo en 2025, Kalimantan perdió 160.000 hectáreas de bosque, casi todas por la expansión de monocultivos.

El resultado es una injusticia con nombre y apellidos: las comunidades que menos han contribuido a destruir estos ecosistemas son las que respiran el humo, entierran a sus voluntarios y cargan con el estigma de un desastre que no provocaron. Mientras el negocio de la palma aceitera sigue drenando turberas para ampliar sus cultivos, son los dayak quienes, con mascarillas improvisadas, intentan contener lo que la industria ha encendido.

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