El AfD (Alternativa para Alemania), la formación de extrema derecha alemana, ha logrado sus mejores resultados históricos en los territorios que formaban parte de la antigua Alemania comunista. En Sajonia-Anhalt el partido rozó el 44% de los votos, a solo tres escaños de poder gobernar la región, y en Mecklemburgo-Pomerania Occidental obtuvo un 38% en las elecciones del pasado 20 de septiembre. La CDU, por primera vez en su historia, se ha quedado fuera del parlamento de ese último estado tras cosechar apenas un 4,9%.
¿Por qué el este alemán, tres décadas y media después de la reunificación, sigue siendo terreno fértil para la ultraderecha? Los expertos apuntan a varias causas que se entrelazan. La primera es económica: los trabajadores de los cinco estados orientales cobran de media un 17% menos que sus homólogos occidentales, y la región ha perdido un 16% de su población en 35 años (hasta un 26% en Sajonia-Anhalt). De las 12.354 empresas estatales de la extinta RDA, más de 3.700 cerraron para siempre tras la reunificación, y el paro llegó a rozar el 25%.
El politólogo Benjamin Höhne señala además la debilidad histórica de la sociedad civil en el este: bajo el régimen comunista solo existía un sindicato estatal, lo que dejó a la población sin estructuras sólidas de organización democrática cuando cayó el Muro. A esto se suma, según el historiador Magnus Brechtken, una desnazificación «mucho más breve» que en el oeste — Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Pomerania fueron, recuerda, «bastiones nazis en los años treinta».
Resulta paradójico que el rechazo a la inmigración sea mayor precisamente donde menos personas migrantes viven: solo un 8% de la población en el este frente al 16% en el oeste. Los investigadores hablan de una relación inversa entre el contacto real con la inmigración y el rechazo hacia ella. El politólogo Manès Weisskircher lo resume con una frase que pesa: muchas personas del este alemán «se perciben como ciudadanas de segunda».
El auge de la extrema derecha en Alemania no es un fenómeno aislado ni exclusivamente oriental —también crece en el oeste, azotado por la crisis del automóvil—, pero la herida abierta de la reunificación sigue marcando quién gana y quién pierde, tres décadas después de la caída del Muro.





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