Un agente de inmigración disparó el pasado domingo contra Wilber Garcés Pérez, un repartidor venezolano de 28 años que trabajaba para DoorDash en Austin, Texas. La bala impactó cerca de su columna vertebral y, días después, sigue alojada en su cuerpo: nadie se la ha extraído todavía.
Garcés relató lo ocurrido en una rueda de prensa celebrada desde el centro de detención de Pearsall, adonde fue trasladado tras el tiroteo. Según su testimonio, los agentes de ICE golpearon lateralmente su vehículo sin identificarse, sin activar sirenas ni luces. «Me siento un poco mal. Tengo la bala ahí adentro todavía», explicó. Niega además la versión oficial de que hubo una persecución a pie: «No hubo una persecución a pie», insistió.
Desde su detención, el joven denuncia que no ha recibido medicación para el dolor y que ha tenido que dormir en el suelo. Su abogada, Kate Lincoln-Goldfinch, confirmó que Garcés cuenta con autorización de trabajo vigente y entró al país de forma legal — un dato que desmonta el relato que criminaliza automáticamente a cualquier persona migrante detenida por ICE.
El Departamento de Seguridad Nacional ha anunciado que investiga el caso, mientras autoridades locales exigen una investigación independiente y la publicación de las imágenes de las cámaras corporales de los agentes implicados, todavía no difundidas.
Este disparo no es un hecho aislado. Se suma a una cadena de episodios violentos protagonizados por agentes de ICE en los últimos meses, entre ellos la muerte de Lorenzo Salgado Araujo en Houston, y reaviva el debate sobre el uso desproporcionado de la fuerza contra personas migrantes, tengan o no papeles en regla. Representantes demócratas han vuelto a reclamar reformas urgentes en el organismo, incluida la obligatoriedad de las cámaras corporales.
Lo sucedido con Garcés vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que las políticas migratorias de Washington llevan meses esquivando: ¿qué margen de violencia se permite a quienes deben, en teoría, aplicar la ley? Mientras la bala siga sin extraerse, la herida —física y política— seguirá abierta.





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