En Etiopía, la transición energética no solo ocurre en grandes centrales eléctricas. También está llegando a las pequeñas explotaciones agrícolas, donde el sol empieza a sustituir al diésel y la gasolina para conseguir algo tan básico como agua para los cultivos.
En Akaki Kality, a las afueras de Adís Abeba, una cooperativa formada por 25 agricultores que cultivan 1,5 hectáreas de hortalizas dependía hasta ahora de bombas de riego alimentadas con diésel. Durante un solo ciclo agrícola de tres meses consumían alrededor de 2.305 litros, con un coste aproximado de 414.720 birr.
Ahora han sustituido esas bombas por un sistema alimentado con paneles solares dentro de un programa dirigido por la organización Farm Africa y respaldado por la cooperación sueca Sida.
Como realizan tres ciclos de cultivo al año, Farm Africa calcula que el cambio puede ahorrarles alrededor de 1,24 millones de birr anuales únicamente en combustible. Es una estimación del proyecto, no todavía un ahorro anual medido de forma independiente.
Pero el beneficio no está solo en la factura.
Con el riego solar, los agricultores dejan de depender de las oscilaciones del precio del combustible, de su escasez y de las horas empleadas en conseguirlo. Al mismo tiempo, disponer de agua de manera más estable permite mantener la producción cuando las lluvias son imprevisibles.
Ese problema afecta a buena parte del campo etíope: más de 15 millones de pequeños agricultores producen cerca del 95% de la producción agrícola del país, mientras muchos siguen dependiendo de la lluvia. Etiopía impulsa ahora la expansión del riego solar y ya se habían instalado alrededor de 2.000 sistemas entre 2016 y 2025.
La transición energética también puede medirse así: menos combustible, pero sobre todo más autonomía para quienes trabajan la tierra.





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