Domingo, 13 de septiembre de 2026
Nacional · Sociedad

Insultan y acosan en Ceuta a una niña española de 13 años por su color de piel

El País

El domingo, durante una manifestación contra la inmigración cerca del paso fronterizo del Tarajal, en Ceuta, una niña de 13 años nacida y criada en la ciudad, Soraya Eguízabal, fue rodeada e insultada por una mujer de unos 60 años que la señaló como «invasora» delante de otros manifestantes.

La mujer no se quedó en el insulto: aseguró a quienes la rodeaban que Soraya tenía tuberculosis y que había cruzado la frontera de forma ilegal, pese a que la niña es ciudadana española de nacimiento. Varios manifestantes la fotografiaron y la grabaron con el móvil, y le exigieron que mostrara su DNI para demostrar que tenía derecho a estar allí.

La Policía Nacional presente en la zona no intervino para frenar el acoso. Según el relato de la familia, los agentes se limitaron a pedirles que se echaran hacia atrás. Fátima Taieb, la madre de Soraya, acompañó después a su hija a poner una denuncia, pero la policía se negó a revisar las fotografías y los vídeos que la familia había recogido como prueba. «Tiene 13 años, y tener la piel morena no justifica este trato», denunció Taieb.

No fue el único caso ese fin de semana. Un día después, Mohammed Charli, con nacionalidad española desde hace más de una década, recibió un puñetazo en la cara mientras estaba sentado en un banco del centro de Ceuta. El agresor le exigió que se levantara, le dijo que «su sitio no estaba allí» y también le pidió el DNI antes de golpearle.

Ambos casos ocurren en medio de la crisis migratoria que atraviesa Ceuta, con manifestaciones que piden deportaciones inmediatas a Marruecos y una tensión social que ya no distingue entre quién ha cruzado la frontera y quién ha nacido en la ciudad. Para Soraya y para Mohammed, ser españoles no los protegió de ser tratados como sospechosos por el color de su piel.

El caso de una niña de 13 años acusada de invasora en su propia ciudad muestra hasta qué punto el discurso contra la inmigración, cuando se instala en la calle, deja de distinguir entre extranjeros y vecinos: basta con no encajar en una idea de quién «pertenece» a Ceuta.

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