En Mataelpino, un pequeño pueblo de la Sierra de Madrid, la gente sigue corriendo por delante de algo enorme durante sus fiestas.
Solo que ya no es toro.
Es una bola gigante.
El llamado Boloencierro nació alrededor de 2009, cuando la falta de presupuesto obligó a los vecinos a buscar una alternativa al encierro tradicional. Lo que comenzó como solución económica acabó convirtiéndose en una de las señas de identidad del pueblo: corredores, calles valladas y adrenalina, pero sin utilizar un animal.
Este fin de semana ha vuelto a celebrarse. La edición de 2026 incorporó además una bola adulta más ligera para reducir los riesgos, después de que las versiones anteriores provocaran accidentes. También existe un Boloencierro infantil con bolas adaptadas a los más pequeños.
La fiesta conserva así buena parte de lo que atrae a quienes participan: correr, encontrarse con los vecinos, asumir cierto riesgo y compartir una tradición.
Lo que desaparece es el animal perseguido.
Y eso desmonta uno de los argumentos más repetidos cuando se discuten festejos con animales: que cambiar una costumbre equivale necesariamente a destruirla.
Mataelpino demuestra exactamente lo contrario.
Una tradición puede modificarse, hacerse absurda, divertida y hasta exportarse a otros municipios.
Puede incluso terminar siendo más característica del pueblo que aquello a lo que sustituyó.
No todo lo antiguo tiene que desaparecer.
Pero tampoco todo lo antiguo necesita permanecer exactamente igual.
A veces conservar una fiesta exige algo bastante más vivo:
atreverse a transformarla.





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