Imagen generada con IA.
Supongamos por un momento que fuese cierta la historia que circula sobre Javier Milei: que después de abandonar una habitación de hotel, las trabajadoras hubieran tenido que realizar una limpieza y desinfección extraordinarias por el estado y el olor que encontraron.
Una persona que ocupa la Presidencia no tiene obligación de ser perfecta. Pero sí debería comprender algo elemental: detrás de cada espacio que utiliza hay trabajadores que después tienen que recoger, limpiar y reparar aquello que deja.
Si un mandatario exige disciplina, sacrificio, productividad y responsabilidad permanente a millones de personas, resulta legítimo preguntarse qué responsabilidad practica él mismo en los espacios más pequeños de su vida.
La responsabilidad empieza cerca.
No hace falta gestionar un presupuesto nacional para entender que dejar deliberadamente un lugar en condiciones lamentables significa trasladar a otra persona el trabajo que uno decidió no asumir.
Milei construyó una imagen de líder fuerte, autosuficiente, dispuesto a enseñar a toda una sociedad cómo debe funcionar. Pero un liderazgo serio no consiste solamente en gritar, mandar, recortar o señalar enemigos. Liderar también es cuidar.
Cuidar instituciones, recursos públicos, a las personas que trabajan alrededor. Cuidar incluso aquello que nadie verá cuando las cámaras desaparezcan.
¿Demostraría una habitación sucia que alguien es una “marioneta del poder”? Evidentemente no.
Pero, si el episodio estuviese confirmado, sí permitiría cuestionar la distancia entre el personaje construido para las cámaras y las responsabilidades cotidianas que acompañan cualquier autoridad. El ejemplo importa siempre.
Una sociedad no puede exigir civismo únicamente hacia abajo mientras disculpa cualquier comportamiento hacia arriba.
Porque antes de pretender disciplinar un país entero, un dirigente debería recordar algo bastante sencillo: la dignidad exige coherencia.