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Mujeres marchando en las calles de Cachemira administrada por Pakistán. No como acompañantes. No desde un segundo plano.
Como protagonistas.
Vídeos difundidos el 5 de agosto muestran concentraciones de mujeres en Kotli y otras localidades denunciando las muertes registradas durante las protestas. Algunas publicaciones aseguran además que fuerzas de seguridad efectuaron disparos durante una concentración femenina. Ese extremo concreto no ha podido ser confirmado de manera independiente y debe tratarse como una denuncia.
El riesgo general, en cambio, está ampliamente documentado.
Amnistía Internacional ha denunciado uso de fuerza letal, detenciones arbitrarias y cortes de comunicaciones, además de una escalada represiva contra el movimiento de protesta en Jammu y Cachemira administrada por Pakistán. A finales de julio volvió a reclamar una investigación independiente tras nuevos informes de disparos contra manifestantes en Rawalakot.
Reuters informó de decenas de muertos reclamados por el movimiento de protesta, aunque las cifras oficiales y las de los organizadores difieren significativamente. Las movilizaciones están ligadas a demandas de reforma electoral y autonomía política y rechazo a determinados escaños reservados que los activistas consideran una herramienta de injerencia de Islamabad.
Ahora las mujeres ocupan calles que ya han conocido sangre.
Y eso importa especialmente en un contexto donde la protesta está sometida a presión política, policial e informativa. Las nuevas restricciones impuestas a medios internacionales después de la cobertura de los disturbios dificultan además comprobar sobre el terreno algunas de las denuncias.
No conviene romantizar su valentía.
El peligro sigue siendo real.
Una mujer no debería necesitar arriesgar su integridad para exigir representación política y justicia por quienes murieron o simplemente el derecho a protestar.
Pero cuando el miedo pierde terreno, el poder encuentra algo que ninguna prohibición garantiza poder controlar: una sociedad que deja de permanecer en silencio.
En Cachemira, ellas también están diciendo que la calle les pertenece.