Terremoto en Colombia, con epicentro en San José del Palmar, en la región del Chocó. Fuente BBC
Un terremoto de magnitud 7,4, según el reporte preliminar del Servicio Geológico Colombiano (la UNGRD lo situó después en 6,6), sacudió este lunes 10 de agosto a buena parte de Colombia. El epicentro se localizó cerca de San José del Palmar, en el Chocó, a las 7:34 de la mañana, con una profundidad de entre 79 y 96 kilómetros que permitió que el movimiento se sintiera hasta en Bogotá, Ecuador y Panamá.
El balance, todavía provisional, ya deja huella: al menos dos personas fallecidas en Manizales, según confirmó su alcaldía, además de heridos en Quibdó, capital del Chocó. La gobernadora departamental, Nubia Carolina Córdoba, habló de «daños graves en las edificaciones» y pidió calma ante el temor a las réplicas. En Manizales, una de las torres de la catedral colapsó sobre el propio templo; en Pereira, parte del techo del aeropuerto Matecaña se desprendió sobre una zona de tránsito de pasajeros. Seis aeropuertos suspendieron operaciones y miles de personas fueron evacuadas de edificios en varias ciudades del país.
El presidente Abelardo De la Espriella, que apenas lleva tres días en el cargo, activó un Puesto de Mando Unificado y anunció que viajará personalmente a Pereira. La UNGRD descartó riesgo de tsunami en el Pacífico.
Pero conviene detenerse en un dato que rara vez aparece en los titulares: el epicentro golpeó uno de los departamentos más empobrecidos y sistemáticamente desatendidos por el Estado colombiano. El Chocó arrastra décadas de abandono en infraestructura, salud y vivienda, precisamente las condiciones que convierten un sismo en catástrofe. No es casualidad que sea allí, y no en Bogotá, donde primero se habla de «daños graves» y de comunidades que necesitan ayuda urgente.
Los terremotos no distinguen fronteras, pero sí distinguen entre territorios preparados y territorios olvidados. Mientras la capital respira con apenas grietas, el Chocó vuelve a recordarle al país que la desigualdad territorial también se mide en vidas expuestas al desastre.