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¿Cuánto tiempo tarda el poder en reaccionar cuando lo que tiembla son los mercados? El pasado 3 de agosto, el yen tocó su nivel más bajo en 40 años frente al dólar, y Japón y Estados Unidos activaron de forma conjunta una intervención de emergencia que no se producía desde 1998. En apenas días, dos gobiernos movilizaron millones de yenes para contener una caída que amenazaba con desestabilizar los mercados de Asia y, con ellos, la economía mundial.
La causa de fondo lleva décadas gestándose. Japón mantiene una de las deudas públicas más altas del mundo, un 235% del PIB, financiada durante años con tipos de interés artificialmente bajos. Cuando el resto del planeta empezó a subir tipos tras la pandemia, los capitales japoneses salieron a buscar rentabilidad fuera, mientras los gobiernos de derecha aumentaban el gasto público y bajaban impuestos. La fuerte dependencia energética del país, agravada por la guerra en Irán, terminó de hundir la moneda.
Un yen débil beneficia a las exportadoras japonesas y llena de turistas el país, pero también encarece la energía que Japón importa casi por completo y dispara la inflación en los hogares. Mientras el Banco de Japón subía los tipos al 1%, su nivel más alto en 30 años, la ciudadanía asumía la subida de precios sin que ninguna intervención de emergencia llegara para proteger sus salarios.
La ayuda de Washington tampoco es altruista: Japón es el principal comprador de deuda estadounidense, y a Estados Unidos le preocupa mucho más que esos bonos puedan acabar en manos de China que la inflación que atraviesan los hogares japoneses. Para financiar el rescate, la Reserva Federal vendió euros, trasladando parte del coste a la eurozona sin que nadie lo consultara con su ciudadanía.
Cuando el sistema financiero se tambalea, los gobiernos encuentran en días la coordinación y el dinero que nunca aparecen para frenar la inflación que golpea a quienes menos tienen. La urgencia, una vez más, se mide en bonos, no en salarios.