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Ignacio Dancausa, nuevo presidente de Nuevas Generaciones del PP, se estrenó con una frase pensada para marcar territorio: “Somos la generación que vuelve a llenar iglesias y plazas de toros”. También declaró que “el wokismo está oficialmente muerto” y reivindicó una Generación Z “liberal y conservadora”.
El mensaje es transparente. No busca hablar de alquiler imposible, salud mental, precariedad, salarios bajos, crisis climática o dificultad para independizarse. Busca ofrecer identidad: religión, tauromaquia, tradición y batalla cultural contra el feminismo, el antirracismo y los derechos LGTB, todo metido en el paquete de “lo joven”.
Dancausa tiene derecho a ser conservador. Y hay jóvenes creyentes, taurinos o de derechas, claro. El problema es presentar eso como si fuera el despertar de toda una generación, cuando millones de jóvenes están llenando otras cosas: trabajos temporales, habitaciones compartidas, listas de espera, consultas de ansiedad, sindicatos, movimientos feministas, redes de apoyo y colas para poder vivir.
La derecha ha entendido que una parte de la juventud necesita pertenecer a algo. Y le ofrece épica sencilla: volver a templos, volver a los toros, volver a un orden donde cada cual sabía su sitio. Pero ese “volver” suele tener truco. Porque muchos jóvenes no quieren volver a nada: quieren llegar por primera vez a una vivienda, un empleo digno y un futuro posible.
El PP juvenil intenta vestir de rebeldía lo que en realidad es restauración cultural.