Imagen generada con IA
En el Convento del Espíritu Santo de Sevilla han aparecido candados asociados a apartamentos turísticos. El edificio, fundado en 1538, forma parte del Conjunto Histórico de la ciudad y está protegido por su valor patrimonial. La imagen es pequeña, casi doméstica: unos candados en una fachada antigua. Pero lo que revela es enorme.
La turistificación no siempre llega con grúas, hoteles gigantes o carteles luminosos. A veces aparece como un candado discreto en una puerta histórica. Una llave que ya no pertenece al vecino, sino a una rotación constante de maletas. Un patrimonio que deja de ser parte de una comunidad y empieza a funcionar como infraestructura para dormir dos noches.
El problema no es que una persona visite Sevilla. El problema es que Sevilla se organice cada vez más para visitantes y cada vez menos para quienes la habitan. Cuando conventos, casas patio, corrales, bares de barrio y edificios históricos se llenan de cerraduras automáticas, la ciudad empieza a perder lenguaje propio.
El candado turístico es un símbolo perfecto porque no necesita hablar. Dice acceso sin convivencia. Dice entrada sin arraigo. Dice rentabilidad donde antes había historia, vecindad o silencio conventual.
Y también muestra la debilidad de las políticas públicas. Si incluso el patrimonio protegido se llena de señales de explotación turística, la pregunta ya no es si Sevilla tiene un problema. La pregunta es quién se atreve a frenarlo antes de que el centro histórico sea solo un decorado con wifi.
Una ciudad no se conserva solo restaurando fachadas. Se conserva permitiendo que siga viviendo gente detrás de ellas.