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Vanessa Cevallos, mujer ecuatoriana de 41 años, fue deportada a Ecuador un mes después de denunciar una agresiónen el CIE de Barcelona. Según El Salto, había vivido en España desde el año 2000, tiene cuatro hijos y dos de ellos, de 7 y 8 años, permanecen en territorio español. Su expulsión pone en serio riesgo el juicio por la agresión que ella denunció.
El caso es brutal por lo que revela: una persona privada de libertad en un Centro de Internamiento de Extranjeros denuncia violencia de un funcionario y, antes de que el proceso pueda sostenerse con todas las garantías, el Estado la expulsa. Formalmente, se ejecuta una orden de deportación. Materialmente, se debilita la posibilidad de investigar.
Los CIE se presentan como centros administrativos, no cárceles. Pero tienen rejas, vigilancia policial, aislamiento y una opacidad que organizaciones de derechos humanos llevan años denunciando. Irídia ya ha alertado de episodios de violencia en el CIE de Barcelona y de la falta de garantías para que las personas internas puedan denunciar sin miedoa ser expulsadas antes de declarar.
La pregunta es simple: ¿cómo se investiga una agresión si la persona denunciante desaparece del país? ¿Cómo se garantiza justicia si la frontera actúa más rápido que el juzgado?
La migración irregular no elimina derechos. Estar sin papeles no convierte a nadie en cuerpo disponible, en testigo prescindible ni en vida separable de sus hijos.
Si una mujer denuncia violencia dentro de un centro bajo control estatal, la prioridad democrática debería ser proteger la investigación, no ejecutar la expulsión antes de que su voz pese ante un tribunal.
Una deportación también puede ser una forma de silencio.