Flávio Bolsonaro lanzó oficialmente su candidatura presidencial en Brasil con una foto que dice mucho sobre el momento político regional: a su lado estuvo Javier Milei, presidente de Argentina, convertido ya en padrino internacional de la ultraderecha sudamericana.
El hijo de Jair Bolsonaro busca disputar la presidencia a Lula en octubre. Su campaña promete mano dura, recortes fiscales y continuidad del proyecto político de su padre, condenado por intentar revertir el resultado electoral. Para reforzar esa imagen, el acto incluyó el apoyo de Milei, un mensaje recreado con inteligencia artificial de Jair Bolsonaro y respaldo de figuras internacionales como Benjamin Netanyahu.
No es solo una elección brasileña. Es una estrategia regional. La ultraderecha aprendió que sus batallas no se juegan país por país, sino como red: comparten enemigos, lenguaje, estética, asesores, bulos, campañas contra la justicia electoral, discurso antiprogresista y una misma obsesión por llamar “libertad” a la concentración de poder.
Milei viajó a Brasil para apoyar a Flávio y cargar contra Lula. Su apuesta es clara: construir una ola continental que una Buenos Aires, São Paulo, Washington y otros polos conservadores bajo una misma cruzada contra cualquier proyecto popular, feminista, ambiental o redistributivo.
El peligro no es que la derecha compita en elecciones. Eso es democracia. El peligro es que quienes relativizan golpes, atacan urnas, señalan jueces y convierten adversarios en enemigos internos se presenten como salvadores de la libertad.
Brasil ya vivió un intento de ruptura democrática. Por eso la candidatura de Flávio no puede leerse como una simple herencia familiar. Es la continuidad política de un proyecto que perdió el poder y no quiso aceptar el voto del pueblo.
Sudamérica no necesita una internacional del odio. Necesita democracia con memoria.