James Mattis escribió una frase dura: «si no has leído cientos de libros, eres ‘funcionalmente iletrado’ y serás incompetente, porque tus experiencias personales no son lo bastante amplias para sostenerte». La frase puede sonar exagerada, incluso elitista si se usa para humillar. Pero encierra una verdad incómoda: vivir solo desde lo que a uno le pasó es vivir encerrado en una habitación pequeña.
Leer no es acumular títulos para presumir. Leer es cruzar generaciones. Es escuchar a quien vivió antes, a quien sufrió distinto, a quien amó en otro idioma, a quien se equivocó en otro siglo, a quien sobrevivió a una guerra, a una migración, a una pérdida o a una injusticia que nosotros no hemos vivido.
La experiencia personal importa, pero no alcanza. Nadie puede vivir todas las vidas, todas las clases sociales, todos los cuerpos, todos los miedos. La literatura permite ensayar esa imposibilidad. Nos presta ojos ajenos. Nos obliga a quedarnos más tiempo dentro de una conciencia que no es la nuestra. Nos entrena contra la soberbia de creer que el mundo termina donde termina nuestra biografía.
También por eso leer es profundamente democrático. Una biblioteca pública puede ser una máquina de igualdad: pone a una niña de barrio frente a voces que de otro modo le estarían cerradas; le da lenguaje para nombrar lo que siente; le da memoria para entender que sus problemas no nacieron ayer.
En tiempos de pantallas rápidas, consignas cortas y enfado permanente, leer largo es casi una forma de resistencia. No porque el libro sea sagrado ni porque lo digital sea enemigo. Sino porque la lectura profunda nos devuelve algo que el ruido nos roba: atención, matiz, paciencia y empatía.
Quien no lee puede tener opiniones. Pero leer ayuda a que esas opiniones no nazcan solo del ombligo. Y un mundo lleno de ombligos convencidos es un mundo fácil de manipular.