RTVE
El capitalismo no solo organiza la economía o el trabajo: también influye en cómo pensamos, sentimos… y en cómo contamos historias. Desde el cine hasta la literatura, pasando por series o canciones, la forma en la que se construyen los relatos está profundamente atravesada por esta lógica.
Uno de los pilares del sistema capitalista es la centralidad del individuo frente a lo colectivo. Y esa idea se traslada directamente a la ficción. La mayoría de narrativas giran en torno a figuras individuales: héroes que salvan el mundo o villanos responsables de todos los males. Rara vez el foco se pone en estructuras más amplias o en causas sistémicas.
Así, el mal suele encarnarse en una sola persona. El villano aparece movido por ambiciones personales, traumas o deseos de poder. En este esquema, los problemas nunca nacen del sistema, sino de individuos concretos. Esta simplificación desplaza la atención y evita cuestionar las bases del propio modelo social.
Con el bien ocurre algo similar. La solución casi siempre llega de la mano de un héroe, alguien excepcional, con capacidades fuera de lo común o una determinación extraordinaria. La idea de una transformación colectiva, sin liderazgos individuales, queda relegada a un segundo plano. Además, estas historias suelen insistir en el sacrificio: luchar contra el mal implica pérdidas, dolor o incluso la muerte.
Este tipo de narrativa refuerza un mensaje claro: los cambios dependen de individuos extraordinarios, no de la acción colectiva. De esta forma, se debilita la posibilidad de imaginar alternativas basadas en la organización social o la acción conjunta.
Desde perspectivas críticas, especialmente en la izquierda, se señala que esta forma de contar historias contribuye a ocultar la raíz real de muchos problemas: el propio sistema capitalista. Al centrar la atención en figuras individuales, se diluye la responsabilidad estructural y se canaliza la indignación hacia personas concretas, en lugar de hacia el conjunto del sistema.
Cuestionar estas narrativas no implica dejar de disfrutarlas, sino ser conscientes de los mensajes que transmiten. Porque también en la cultura y en la ficción se disputa el sentido de lo colectivo. Y quizá, para cambiar el rumbo, lo primero sea identificar quién es realmente el villano de la historia.
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