Mohamed al-Wahidi tenía 57 años y era trabajador humanitario en Gaza. Dirigía el Comité Egipcio en Gaza y había organizado proyecciones públicas del Mundial para que niñas, niños y familias pudieran tener un rato de alivio en medio de la destrucción. Fue asesinado por un misil israelí cuando se dirigía a una de esas actividades.
El dato es devastador: no iba armado de nada más peligroso que una pantalla, una convocatoria y la voluntad de regalar una hora de alegría. En un territorio donde la infancia ha aprendido demasiado pronto el sonido de las bombas, al-Wahidi intentaba que la pelota volviera a significar juego.
Al Jazeera informó que el ataque mató a al-Wahidi y a otras tres personas en vísperas del partido entre Egipto y Argentina. The Guardian añadió que Israel dijo que él no era el objetivo previsto y que revisaría el incidente. Pero esa explicación no devuelve la vida a nadie. Tampoco devuelve la infancia suspendida de quienes esperaban ver fútbol.
La muerte de al-Wahidi muestra algo que cuesta nombrar: en Gaza se mata también la cotidianeidad. No solo casas, hospitales o escuelas. También se mata el cumpleaños, la pantalla compartida, el partido esperado, el momento en que un niño olvida por un rato que vive rodeado de ruinas.
Pasar el Mundial a niños palestinos era un acto pequeño pero enorme. Pequeño porque no detenía la guerra. Enorme porque afirmaba que incluso bajo asedio la infancia merece alegría. Esa alegría no era lujo. Era resistencia.
Cuando matan a quien intenta llevar juego a un lugar de duelo, no solo cae una persona. Cae un puente frágil entre la vida cotidiana y la esperanza.
Mohamed al-Wahidi no era una estadística. Era alguien que entendió que, a veces, cuidar también es encender una pantalla para que los niños vuelvan a mirar una pelota y no el cielo.