Foto: Claudia Greco (REUTERS)
Italia vivió una huelga general en solidaridad con Gaza que paralizó transportes, escuelas, puertos y servicios en decenas de ciudades. La protesta, convocada por sindicatos de base, se extendió por más de 75 municipios bajo una consigna clara: “bloquearlo todo” para denunciar la complicidad política y económica con Israel.
No fue solo una manifestación simbólica. Hubo bloqueos en puertos como Génova, Livorno, Trieste y Venecia, y los estibadores denunciaron que Italia no podía seguir funcionando como punto de tránsito para armas, suministros o mercancías vinculadas a Israel. La consigna convirtió una pregunta moral en acción material: si el comercio alimenta una guerra, también se puede interrumpir.
Reuters informó que los trabajadores portuarios buscaban impedir que Italia fuera usada como plataforma para transferir armas y otros suministros a Israel. AP señaló que el paro afectó trenes, escuelas y grandes puertos, y que miles de personas salieron a la calle en solidaridad con la población palestina.
La protesta también dejó imágenes duras: choques con la policía, estaciones tomadas, cargas, detenidos y heridos. El Gobierno de Giorgia Meloni condenó los disturbios, pero la pregunta de fondo siguió intacta: ¿cuánta normalidad puede mantener Europa mientras Gaza sigue bajo destrucción?
Italia mostró una forma de solidaridad que va más allá del mensaje en redes. Trabajadores, estudiantes y sindicatos entendieron que la presión política también pasa por el cuerpo: no ir a trabajar, bloquear un puerto, interrumpir la cadena logística, hacer visible que la economía no es neutral.
Cuando una sociedad dice “no en mi nombre”, todavía está protestando. Cuando dice “no con mis puertos, no con mis trenes, no con mi trabajo”, ya está desobedeciendo.
La solidaridad con Gaza dejó de ser solo discurso cuando quienes mueven el país decidieron detenerlo.