El 25 de enero de 1995, Eric Cantona fue expulsado en un Crystal Palace-Manchester United y, camino al vestuario, saltó hacia la grada para lanzar una patada tipo kung-fu al aficionado Matthew Simmons. La imagen dio la vuelta al mundo, le costó una larga sanción y quedó como uno de los episodios más polémicos de la historia de la Premier League.
La patada no puede convertirse en programa político ni en invitación a la violencia. Pero tampoco se puede contar sin contexto. Cantona siempre habló de Simmons como “el hooligan”, y The Guardian recordó el episodio como un intento de “patear el racismo fuera del fútbol”, en una época en la que los insultos xenófobos y racistas seguían demasiado normalizados en las gradas.
Años después, Cantona no eligió el arrepentimiento clásico. Según recogieron medios como Mirror y AS, llegó a decir que su único arrepentimiento era no haberlo golpeado más fuerte. En redes circula una versión más larga —“patear fascistas no es algo que se saboree todos los días”—, pero lo documentado con más solidez es esa idea central: Cantona no pidió perdón por reaccionar contra aquel tipo de odio.
El fútbol inglés castigó al jugador, como era previsible. Hubo sanción, multa, juicio y servicios comunitarios. Pero el episodio sobrevivió porque tocó una fibra que el reglamento no podía resolver: qué hacer cuando la grada se convierte en refugio de racismo, xenofobia y violencia verbal.
Cantona no fue un santo ni hace falta presentarlo como tal. Fue un futbolista genial, excesivo, contradictorio, capaz de convertir una agresión en símbolo. Pero su patada sigue incomodando porque obligó a mirar al agresor que muchas veces no salta al césped: el fascista de grada, el racista impune, el que cree que pagar una entrada le da derecho a deshumanizar.
La respuesta justa al fascismo no puede depender de una patada. Debe depender de instituciones, aficiones y clubes que no toleren odio. Pero aquel día Cantona hizo visible algo que el fútbol prefería esconder: el problema no estaba solo en el césped. También estaba en la grada.