Foto de Vin Aranas/I-JET
En la provincia de Pursat, en Camboya, la transición energética no empieza en una gran ciudad ni en una cumbre internacional. Empieza en los arrozales. Allí, comunidades campesinas han pasado de depender de bombas de diésel a gestionar riego solar comunitario para sostener sus cultivos. Oxfam Intermón recoge el caso de Seng Thida, técnica local y agricultora, que ayuda a operar paneles solares capaces de regar más de 300 hectáreas de arrozales.
El cambio parece técnico, pero es profundamente humano. Antes, el coste del diésel y la falta de agua durante los meses secos limitaban las cosechas. Ahora, el agua llega con más regularidad y el coste por hectárea se reduce casi un 40%, según Oxfam.
Eso significa más estabilidad. Menos miedo a una subida del combustible. Más capacidad para planificar la temporada. Más tiempo liberado para las familias.
Este tipo de proyecto muestra que la energía renovable no es solo una cuestión de placas solares. También es soberanía, agricultura, comida y comunidad. Los sistemas se gestionan mediante grupos locales de usuarios del agua, que deciden tarifas, mantenimiento y uso compartido.
En muchos lugares, la crisis climática golpea primero a quienes menos contaminaron. Sequías, lluvias irregulares y combustible caro empujan a comunidades rurales a una fragilidad constante. Por eso el riego solar no es una moda verde. Es una herramienta concreta para vivir mejor.
Camboya deja una imagen poderosa: el sol no solo ilumina. También puede regar, abaratar costes y dar futuro a familias campesinas.
La transición energética justa se parece a esto: tecnología limpia en manos de quienes la necesitan, no solo de quienes pueden pagarla.