Composición propia para El Solidario utilizando imágenes de archivo: EFE
En los últimos tiempos, asistimos a una peligrosa corriente discursiva que intenta dar la vuelta a nuestros valores más esenciales. Desde ciertos sectores de la ultraderecha y sus entornos digitales, se promueve una visión del mundo donde la empatía y la solidaridad ya no son virtudes, sino debilidades que frenan el progreso individual.
Bajo el mantra de la competencia sin límites, figuras como Javier Milei atacan frontalmente la idea de justicia social, llegando a catalogarla como un «robo». Este modelo busca sustituir la noción de comunidad por el sálvese quien pueda. Es un discurso que justifica el rechazo a pilares fundamentales de nuestra cohesión, como la sanidad pública, la educación accesible o los sistemas de protección social, argumentando que nadie debe asumir los problemas ajenos.
Sin embargo, desmantelar la ayuda mutua tiene consecuencias devastadoras: sociedades más fracturadas, violentas e injustas. Frente a este egoísmo programado, la ciencia y la historia nos recuerdan quiénes somos. La cooperación no es un invento moderno; es nuestra mayor estrategia de supervivencia. Ya en el Paleolítico, los seres humanos cuidaban de los heridos y compartían recursos. No sobrevivimos por ser los más fuertes, sino por ser los más solidarios.
La empatía no nos hace vulnerables; es el pegamento social que nos humaniza y nos permite avanzar sin dejar a nadie atrás. Defenderla hoy es un acto de resistencia cívica.