Christoph Waltz llevaba más de tres décadas trabajando como actor cuando el mundo empezó a aprenderse su nombre. Tenía 52 años cuando Inglourious Basterds lo convirtió en una revelación internacional. Al año siguiente, con 53, levantó su primer Oscar.
No había aparecido de la nada.
Había nacido en Viena en 1956, estudiado interpretación y trabajado durante décadas en teatro, televisión y cine europeos. Era un profesional con una carrera real. Lo que no tenía era fama internacional.
Durante más de treinta años hizo aquello que muchas carreras obligan a hacer: trabajar sin saber si llegará alguna vez el gran papel.
Entonces apareció Quentin Tarantino.
Hans Landa cambió una vida a los 52
Tarantino necesitaba a alguien capaz de interpretar al coronel Hans Landa en varios idiomas. Encontró a Waltz y Inglourious Basterds terminó llegando a Cannes en 2009.
Waltz ganó allí el premio al mejor actor.
En su discurso dejó una frase que resumía perfectamente aquellos treinta años: “me devolviste mi vocación”, le dijo a Tarantino. Y ante la prensa explicó que llevaba más de tres décadas actuando y sentía que, por fin, estaba saliendo “al otro lado”.
Después llegaron el Globo de Oro, el BAFTA y, en marzo de 2010, el Oscar al mejor actor de reparto.
Tenía 53 años.
La industria acostumbra a vender el éxito como una carrera que debe ganarse joven.
Waltz cuenta una historia distinta.
No estuvo treinta años esperando sentado. Estuvo treinta años preparándose sin saber qué puerta terminaría abriéndose.





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