Imagen generada con IA.
Tiene 77 años, está jubilado y sigue repartiendo pedidos. Un video difundido en redes muestra a un adulto mayor trabajando con una aplicación de delivery porque, según la publicación que acompaña las imágenes, necesita completar sus ingresos para llegar a fin de mes. La escena se suma a otros testimonios recientes de jubilados argentinos que trabajan como repartidores para complementar sus haberes.
Aquí conviene distinguir dos cosas.
Que una persona quiera seguir trabajando después de jubilarse puede ser perfectamente legítimo. El problema aparece cuando trabajar porque no alcanza se presenta como si fuera libertad.
En agosto de 2026, la jubilación mínima oficial argentina es de $419.775,93. Incluso sumando el bono extraordinario de $70.000, el ingreso queda alrededor de $489.776. Además, Chequeado calculó que la mínima con bono arrastraba en julio una pérdida real del 9,2% respecto de noviembre de 2023.
Eso permite mirar el video de otra manera.
La libertad tiene precio cuando el alquiler, los alimentos, los servicios y los medicamentos siguen llegando aunque el cuerpo tenga 77 años.
El neoliberalismo suele prometer que el mercado se regula solo. Que cada individuo toma decisiones libres. Que el Estado debe apartarse y permitir que oferta y demanda encuentren su equilibrio.
Durante la gestión de Milei se ha presentado repetidamente el retiro del Estado y la primacía del mercado como caminos hacia una sociedad más libre. Pero una sociedad donde una persona de 77 años tiene que conectarse a una app para completar su jubilación obliga a preguntar quién está disfrutando realmente de esa libertad.