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Las llamas que arrasaron este verano decenas de miles de hectáreas entre Ávila y Madrid, el mayor incendio registrado en España desde que existen estadísticas, no fueron una desgracia aislada. Ni el fuego de Vall d’Uixó, que devoró en Castellón una extensión equivalente a cinco veces la Casa de Campo de Madrid, ni el gigantesco incendio de la Gironde francesa, que abrasó a las puertas de Burdeos una superficie similar a cuatro veces el área urbana de París.
Según una investigación de varias universidades e instituciones internacionales, estos episodios no son una serie de catástrofes inconexas, sino la manifestación de un cambio profundo: los días de riesgo extremo de incendios se han duplicado en España desde 1981. El estudio confirma lo que los bomberos llevan años señalando sobre el terreno: la crisis climática está transformando el sur de Europa en un territorio mucho más propenso a incendios intensos, incontrolables y destructivos.
El incendio de la sierra oeste de Madrid y Ávila calcinó cerca de 50.000 hectáreas solo en la provincia abulense, casi cinco veces la superficie de Barcelona. Detrás de estas cifras hay algo más que estadística: veranos más largos, secos y calurosos que multiplican la vegetación seca disponible para arder y reducen la ventana de tiempo en la que los equipos de extinción pueden trabajar con seguridad.
Hablar de la crisis climática ya no es hablar de un futuro lejano, sino de una realidad que se mide en hectáreas calcinadas, pueblos evacuados y bomberos exponiendo su vida cada verano. Mientras algunos sectores políticos siguen cuestionando la evidencia científica, los datos son cada vez más contundentes: sin una transición energética real y políticas de gestión forestal ambiciosas, este tipo de veranos extremos no hará sino repetirse, y cada vez con mayor intensidad.