El rapero Kanye West. Kei_scampa / Denkistudio
El miércoles 30 de julio, 65.000 personas llenaron el Riyadh Air Metropolitano de Madrid para ver a Kanye West, más conocido como Ye, en el que fue su único concierto en España en 20 años y el único que pudo celebrar en Europa occidental en esta gira. La actuación, calificada por muchos asistentes como «histórica» y «prohibida», se desarrolló sobre una gigantesca bola del mundo que recorrió el estadio mientras sonaban sus temas más emblemáticos.
Lo que convirtió el concierto en noticia no fue solo el espectáculo. Fue el contexto. Francia, Polonia, Suiza, Italia y el Reino Unido habían rechazado o directamente prohibido la entrada al artista por sus reiteradas declaraciones antisemitas, por haber lanzado una canción titulada «Heil Hitler» y por haber comercializado camisetas con esvásticas en su página web. El festival Wireless de Londres fue cancelado cuando el Home Office le denegó el visado alegando que su presencia «no sería conveniente para el bien público».
España no siguió ese camino. El ministro de Cultura, Ernest Urtasun, calificó las manifestaciones de West de «repugnantes» pero descartó promover la suspensión del concierto, argumentando que la decisión correspondía al promotor. La Federación de Comunidades Judías de España (FCJE) no aceptó las disculpas que el artista ofreció recientemente —en las que asociaba su comportamiento al trastorno bipolar derivado de un accidente de coche en 2002— y expresó su «profunda preocupación» por la celebración del evento.
Fans de Francia, Italia y Reino Unido se desplazaron expresamente a Madrid para poder verle actuar, lo que convirtió el Metropolitano en un escenario de reunión involuntaria de todos los seguidores europeos a los que sus países les habían negado esa posibilidad.
El debate que deja Madrid es el de siempre cuando se enfrenta la libertad de expresión artística con el discurso de odio: ¿dónde está el límite? Lo que distingue a Kanye West de un artista con opiniones polémicas es que sus declaraciones no son ambiguas ni contextuales. Son reiteradas, explícitas y han venido acompañadas de merchandising con simbología nazi.
Que Madrid haya sido el único escenario europeo donde eso fue posible no es un galardón que debería lucirse con orgullo.