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Samsung evitó a última hora una huelga de 18 días que podía haber afectado a casi 48.000 trabajadores en Corea del Sur. La protesta estaba prevista en un momento especialmente sensible: el auge de la inteligencia artificial ha disparado la importancia de los chips y, con ello, los beneficios de algunas divisiones del gigante tecnológico.
La huelga no llegó a celebrarse completa. Reuters informó de que el sindicato suspendió el paro previsto tras alcanzar un acuerdo salarial provisional mediado por el Gobierno surcoreano. El pacto incluía cambios en los bonus vinculados a beneficios, especialmente en la división de memoria, beneficiada por el boom de la IA.
Pero el conflicto no terminó ahí. Una unión minoritaria de Samsung anunció que impugnaría el acuerdo ante los tribunales porque considera que favorece sobre todo a los trabajadores de semiconductores frente a otras áreas como móviles, televisores o electrodomésticos.
La noticia no trata solo de una empresa. Habla de una economía global donde la IA genera enormes beneficios, pero no siempre los reparte de forma justa. Los chips mueven mercados, gobiernos y cadenas de suministro, pero detrás de cada avance tecnológico hay personas que trabajan, negocian y reclaman condiciones dignas.
La pregunta es sencilla: si la inteligencia artificial está creando una nueva riqueza, ¿quién se queda con ella?
El futuro tecnológico no debería construirse sobre trabajadores divididos entre quienes reciben bonus millonarios y quienes quedan fuera del reparto.